Dos meses han pasado desde que se dio a conocer la primera parte de este trabajo de investigación que tiene como objetivo principal el desvelar el misterio de las tres columnas de piedra ubicadas al norte de la ciudad. Recomiendo entonces al lector que vaya a la sección de “Archivo” donde se encuentran los artículos digitales de la página de En un 2×3, busque la primera parte de este artículo que fue publicada el día 3 de febrero pasado, y relea su contenido.
Prosiguiendo con la explicación sobre los antecedentes históricos de aquellas misteriosas columnas es preciso comentar que, en cuanto a su función arquitectónica, se ha dicho en el artículo “Vestigios históricos de nuestra ciudad” que “es muy probable que éstas formarán el eje de soporte de un enorme portal donde bien pudo haber operado el cuartel general y sede de operaciones militares de Servando Canales, ejecutadas con sus numerosas legiones de “rancheros descamisados”, como se afirma era la práctica que don Servando tenía para integrar sus comandos”.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, la posición estratégica de este emplazamiento rural lo colocaba a la vera de los antiguos caminos carreteros interiores que conectaban con casi todos los vericuetos de acceso y de salida de la ciudad. Por esta misma circunstancia no se debe descartar el que ahí mismo hubiese operado una garita, o puesto de control, donde se vigilaba el tránsito de personas y mercancías que entraban y salían por el lado norte de Victoria, máxime en los tiempos de conflictos armados que no fueron pocos. Ello cobra sentido sobre todo si se toma en consideración que las tres columnas se encontraban alineadas y aledañas al camino que atravesaba dicha propiedad y que conectaba a Victoria con Linares y Monterrey. Esta antigua ruta hoy se encuentra difuminada entre algunas calles como la 19 (Mier y Terán) y 21 (Fermín Legorreta) y entre los lindes con trazos irregulares de algunos predios que se encuentran aledaños al terreno donde actualmente se encuentra el ITIFE.

Sobre las actividades productivas y militares llevadas a cabo al interior de dicha propiedad en tiempos de Canales, el maestro González Filizola nos dice que: “es de suponer que ahí mismo mantuviera sus ganados y corraleras que, además de servirle al famoso cacique norestense para sus operaciones de campañas militares, le permitía mantener la crianza y rastro de animales para el comercio familiar, así como para alimentar a su tropa.”
El rancho en cuestión permaneció en manos de la familia Canales por muchos años hasta que finalmente fue vendido el 12 de mayo de 1907. Aquella operación se llevó a cabo entre los señores Antonio Treviño Canales, sobrino de don Servando, y el señor Francisco Zozaya quien, tras vender algunas de sus propiedades en el municipio de San Carlos, decidió trasladarse y asentarse en la capital. El Tanque en aquel momento poseía la nada despreciable extensión de poco más de 100 hectáreas.
Para el año de 1940, cuando gobernaba el Estado Marte R. Gómez, se comenzaron a sembrar árboles de naranja en los predios cercanos al antiguo casco del rancho lo cual proporcionó gran plusvalía a los terrenos convertidos en huertas. De acuerdo con algunos escritos de esta misma época, de la autoría de don Candelario Reyes, se infiere que ya para el segundo tercio del siglo XX se encontraba en ruinas el edificio que alguna vez fue sostenido por las columnas. Por estas mismas fechas la propiedad fue vendida por el Sr. Zozaya al licenciado y ex presidente de la República Emilio Portes Gil.
Sobre este periodo en particular, el maestro González Filizola dice que durante el tiempo en que el licenciado Portes poseyó el rancho éste continuó llamándose El Tanque y que no fue sino hasta “años después cuando tomó el nombre de Las Adelitas, en honor de la esposa e hija del nuevo dueño, el ingeniero Tomás R. Yglesias, quien compró al ex gobernante la hermosa huerta naranjera”. Esta información es importante ya que echa por la borda la leyenda urbana local que refiere que el nombre de “Las Adelitas” se debe a la madre de Portes Gil, que también se llamó Adela. Este aspecto tan peculiar no fue sino una coincidencia que después ocasionó una tergiversación histórica que ha llegado hasta nuestros días; puede entonces considerarse aquel suceso como una situación circunstancial que giró en torno a dicha propiedad.
Durante la década de los setenta del siglo pasado, el crecimiento demográfico de Victoria fomentó la expansión de la mancha urbana obligando a las autoridades de los tres niveles de gobierno a proyectar nuevas vías y espacios para albergar edificios públicos y privados. Ello, derivó en el fraccionamiento y adquisición de porciones de antiguas propiedades rústicas que se encontraban en el perímetro de la ciudad como fue el caso de Las Adelitas. Sus propietarios, los señores Yglesias, fueron notablemente conscientes de las nuevas circunstancias de crecimiento de la ciudad y por esa razón tomaron la determinación de fragmentar algunas de las parcelas que componían aquella emblemática propiedad, todo ello en aras de dar paso al progreso el cual se manifestó en nuevas e importantes vialidades y en espacios en donde se fincaron fraccionamientos y edificios gubernamentales como el hospital del ISSSTE, o el propio CAPFCE (hoy ITIFE), en donde quedaron enmarcadas aquellas bellas columnas.
Recientemente el Arq. Heriberto Zárate Montiel, quien accedió a una entrevista para tratar estos temas, ha manifestado que a mediados de la década de los setenta comenzaron las obras de construcción del edificio del CAPFCE y que por tal motivo fue necesario talar la todavía productiva huerta de naranjos para lograr nivelar el terreno del predio previamente adquirido por el gobierno federal. Agrega que por aquel entonces las columnas ya se encontraban en estado ruinoso y que, por esa misma circunstancia, el operador de la máquina que hacía los trabajos de nivelación intentó derribarlas para dejar ese espacio “despejado y limpio”. Afortunadamente, en ese momento se encontraba en la obra el arquitecto Zárate quien detuvo al operador para explicarle que esos vestigios arquitectónicos poseían un gran valor, no solo estético, sino también histórico y que por esa misma razón debían conservarse en el predio. Esta decisión fue respaldada por el resto de las autoridades de aquella oficina gubernamental y fue gracias a la gran sensibilidad y criterio de aquellos funcionarios que actualmente podemos seguir apreciando este importante patrimonio histórico edificado de las y los victorenses.

A modo de conclusión no resta sino decir que el caso de las tres columnas de Ciudad Victoria es un tema que, a pesar de que genera mucha curiosidad e interés en la sociedad local, se encuentra muy poco investigado en términos historiográficos y arquitectónicos. Ello sin duda, ha dado la pauta para que se genere mucha especulación sobre los orígenes, función y significado de este monumento. No obstante, gracias a los trabajos de investigación, como el del maestro González Filizola, es que podemos conocer la evolución de la propiedad donde se encuentran las columnas y también algunos aspectos tan específicos de estos elementos arquitectónicos que evidentemente demuestran su función original. Las imponentes columnas de mampostería de Ciudad Victoria son parte importante del patrimonio histórico edificado de las y los victorenses y por ello debemos procurar su conservación y dignificación, aunque también es cierto que ello no puede suceder sin antes conocer su propia historia. En este momento el enigma va desapareciendo…