Hace muchos años, nos robaron dormidos, y no nos dimos cuenta de lo que se llevaron, porque todavía no nos despertamos.
No podemos abrir los ojos porque están pegados a las pantallas, y muy apenas vamos al baño en los comerciales, que ahora están retumbando en todas partes. Si el decoro lo permitiera, habría muebles de sala de doble fondo y sanitario colapsable, y ni aún en los comerciales habría chance de aliviar los ojos y el aparato digestivo.
Antes de dormirnos, la familia platicaba y hasta armaban entre todos sendos festejos; el nacimiento en navidad; aún aquí en la frontera, aunque ya estuviera por allá en segundo plano el arbolito de navidad; y en la Pascua; los fronterizos sabíamos celebrar juntos a pesar de que el sábado de gloria nos habíamos desvelado quemando a los judas en la plaza; era el día preparado con los huevos pintados; rellenos, o con premio y su sombrerito de papel de China.
Eran semanas de cuidar de no quebrar los huevos para guardarlos para ir a esconderlos el domingo de Resurrección. Aquello era la gloria; todos de picnic después de la misa; nosotras con sombreros con flores, guantes y vestidos de tul; sándwiches de ensalada de pollo, huevos duros, ponche y un sabor de la vida, que los que nos encerraron dormidos, pegados a nuestras pantallas, merecen reconsiderar la pena de muerte, aunque sean muy ricos, y finjan hacernos felices con sus programas y aplicaciones, mientras nosotros seguimos dormidos con los ojos abiertos y ya sin soñar.