Por Carla Huidobro
La fe perece ante los golpes de la realidad, se deshace como sal en la lluvia. He visto cómo se desmoronan las ilusiones, cómo las promesas se vuelven humo entre los dedos. En las calles, los rostros llevan máscaras de resignación; en los ojos, un brillo fugaz de lo que alguna vez fue esperanza. En este paisaje desgarrado, donde parece que la vida pierde su apuesta contra el tiempo, encuentro una belleza triste en la lucha. Hay una dignidad en el sufrimiento, un coraje en el simple acto de respirar cuando cada aliento pesa como el plomo.
La fe, a veces perece, pero somos nosotros, con nuestros pedazos, con nuestras manos heridas, los que recogemos esos fragmentos y, con ellos, construimos algo nuevo. Algo que tal vez no sea tan puro ni tan perfecto, pero es real, tan real como la dureza de la realidad que nos desafía a seguir adelante.
En el fondo, la fe no muere realmente; simplemente se transforma, se adapta. Se convierte en una fe más sabia, una fe que no ignora la oscuridad del mundo, sino que se ilumina a pesar de ella, y a veces, por ella.